Las movilizaciones por la vivienda vuelven a tomar las calles, los medios, a centrar el debate público y político. El desahucio de Maricarmen ha sido el detonante que ha convocado a miles de personas a exigir medidas concretas para que situaciones como esta no vuelvan a repetirse. El desborde generado ha ido ensanchando el diálogo en torno a las diferentes realidades que encuentran bloqueadas sus posibilidades de acceso a una vivienda digna. ¿Se trata solo de evitar desahucios de quienes tienen contrato? ¿Qué pasa con quienes no han podido ni siquiera conseguir uno? ¿Cómo hacer para no generar dinámicas que separen a «buenos» de «malos» inquilinos sin tener en cuenta el contexto vital y comunitario de manera más amplia?

En los últimos años se ha hablado mucho de quienes perdiendo su casa se han encontrado en precariedad, pero no tanto de las muchas personas que viven en condiciones de extrema pobreza desde hace muchos años, incluso generaciones, y que nunca tuvieron posibilidad de acceder a una hipoteca, ni a un alquiler a precio de mercado. Sus únicas opciones de vivienda se han movido siempre entre la autoconstrucción y las limitadas oportunidades de vivienda pública y social que se les han ofrecido. La lucha por el derecho a la vivienda, para ser de verdad efectiva, no puede permitirse el lujo de no contar con su experiencia y conocimiento. Esa fue la razón de ser de la Asamblea Vivienda Digna para Todas las Personas, puesta en marcha en 2015 y cuyo trabajo se recoge en el informe «Realojando Derechos. El acceso a una vivienda digna desde la perspectiva de la extrema pobreza«.

  • José lleva toda su vida luchando por acceder a una vivienda digna, pero hasta ahora no ha habido manera. Toda su infancia la pasó entre chabolas, y cuando su familia fue realojada él quedó fuera del proceso al independizarse un poco antes y no haber quedado bien registrada su antigüedad en el barrio. Él y su mujer quedaron abandonados a su suerte. Comenzó ahí un carrusel en el que pasaron de ser acogidos por familiares en sus pisos, mientras pudieron hacerlo, a buscar refugio en casas abandonadas, casetas de obra o en una furgoneta adaptada como vivienda. En ninguno de estos lugares ha podido empadronarse, salvo en casa de sus padres, gracias a quienes puede inscribir a sus hijos en el colegio, acceder al centro de salud, recibir las notificaciones que le llegan de la administración. Y ha echado todas las solicitudes de vivienda pública que ha podido, aunque no siempre, ya que incluyen unos requerimientos que hacen que durante muchos años no haya podido ni siquiera ver aceptada su solicitud: “Cuanta más necesidad tiene uno de una vivienda, más difícil es conseguirla”. Le insisten en que tiene que trabajar para poder pagar un piso. Pero en la situación tan precaria en la que viven, no encuentra cómo hacerlo: «¿Sabéis lo que significaría para mí poder salir a buscarme la vida sabiendo que cuando vuelva mis hijos estarán allí, seguros, jugando o durmiendo, pero protegidos? ¿Sabéis lo que sería poder irme sin miedo a que les pase algo, o a que venga la policía? ¿Poder cerrar y abrir la puerta con confianza? Eso no lo he podido vivir nunca hasta ahora. Nunca. Por eso no puedo dedicarme a buscar trabajo de verdad. Enseguida que me alejo de mi familia unas horas me entra la angustia de qué les pasará, de si se acercará alguien adonde está mi mujer con el niño pequeño, porque al estar en una zona tan solitaria, pues claro…»
  • María lo tiene claro: “No nos quieren en ningún lugar. En todas partes molestamos”. Su vida ha estado siempre marcada por las expulsiones, pero ahora cada vez son más veloces, cada vez más angustiosas, cada vez más desesperanzadoras. Desde que la echaron del piso de realojo, hace ya 15 años, han buscado mil y una soluciones, pero ninguna ha funcionado: “Por salir de un charco te terminas metiendo en otro peor”. Ella y su familia han pasado por casas de familiares, naves abandonadas, viviendas vacías que de repente sus propietarios reclamaban porque casualmente estaban a punto de utilizarlas en ese momento, aunque llevaran meses o años abandonadas. Cuando planteó al Ayuntamiento por qué no le ayudaban para no quedar a la intemperie, la respuesta fue que lo único que podrían hacer sería buscar un centro para recoger a los menores y así protegerles: “¡Protegerles! Menuda manera de proteger a los niños, separándoles de su madre. Lo único que hacen es romper a la familia, en vez de ayudarla”. Así explica María a quien quiera escucharle su lucha por buscar cobijo para su familia: “No es ocupa, es necesidad. Que no te toque, porque si ves una vivienda vacía y tienes niños y te ves en la calle, por tus hijos te tienes que meter en ella. Porque el que tenga hijos que se ponga en mi situación. La que sea madre que se ponga en mi pellejo. Es cosa de necesidad, porque estás metiendo a tus hijos bajo un techo.”
  • Alejandro no quiere seguir ocupando. Con su mujer y sus hijos ha tenido que ocupar cuatro viviendas en los últimos diez años. Cada vez que le echan de una toca empezar de cero: cambiar a los niños de colegio, empezar nuevas relaciones, ver cómo buscarse la vida con la chatarra en el nuevo lugar… Además, en todas estas casas, tras tanto tiempo abandonadas, le ha tocado trabajar duro: hacer desaparecer las goteras, reparar instalaciones eléctricas antiguas y defectuosas, pintar y adecentar los diferentes espacios, desatascar tuberías… Si los propietarios de las mismas tuvieran que pagar a Alejandro por todas las reformas y reparaciones que ha hecho en cada una de ellas, podrían vivir sin agobios durante unos cuantos meses. “Dicen que si ocupo hago mal. Te lo meten por usurpación, como delito. Si me voy a hacer una chabola en cualquier sitio, también mal. Viene la poli y me dice que no puedo construir nada. Si me quedo en la calle, peor, los servicios sociales se me echan encima… entonces, ¿dónde vivimos nosotros? ¿qué podemos hacer? ¿Qué salida tenemos?”

Cuando gracias a la movilización de la Asamblea Vivienda Digna para Todas las personas José consiguió hablar con responsables políticos, fue muy claro con este mensaje que sigue más vigente que nunca:

“La vivienda no es solo un sitio para vivir. Supone muchas cosas en la vida: poder tener acceso a un trabajo, a la salud, a poder ser alguien. Porque en esta sociedad, sin vivienda no existes. Y eso sólo lo sabemos quiénes sufrimos esta carencia. Cuanta más necesidad tiene uno de una vivienda, más difícil es conseguirla. Te obligan a certificar dónde vives, a través de técnicos o la policía, pero si donde resides es ilegal en cuanto vengan van a desalojarte. Eso nos lleva a la mayoría de la gente a tomar decisiones que no queremos tomar, como por ejemplo las ocupaciones ilegales, porque prácticamente es la única vía que le queda a la gente. Señores y señoras, estar con una necesidad de vivienda es una situación muy grave. Y cuando uno tiene familia es todavía peor, porque en el momento en el que uno se ve en la calle con una familia las administraciones no lo permiten. Promuevan iniciativas con éxito, porque las políticas de vivienda que existen no son efectivas.

Un hogar no son unas paredes, unas habitaciones, un cuarto de baño, una cocina, no… Es seguridad, es bienestar, es tranquilidad, ¡es amor! Es poder compartir muchas cosas dentro de esa vivienda. Nadie se puede imaginar lo que es eso… Uno que no lo tiene lo desea, lo desea con todas las fuerzas del mundo, lucha, persigue, no duerme, le quita el apetito… Son muchas cosas las que uno intenta por conseguir ese objetivo, pero lamentablemente en este país no nos dan esa oportunidad.

Existimos. Estamos ahí fuera. Somos muchos y estamos sufriendo. De corazón, les pedimos a cada una de las personas que puedan aportar su granito de arena que ayuden para promover un cambio. Para que todos los días nos podamos levantar con una sonrisa, en vez de estar sin apenas ganas de vivir, viendo que nuestra familia, nuestros hijos, cada día tienen más miseria.

Ahora es tiempo de debate sobre las medidas concretas que se pueden poner en marcha. Por nuestra parte volvemos a recordar los 5 Compromisos y 5 Garantías que exigimos desde la Asamblea Vivienda Digna para Todas las Personas

NI UNA MARICARMEN MÁS. No podemos seguir tolerando que nos expulsen de nuestros barrios y nos arranquen la vida.

NI UN JOSÉ, NI UNA MARÍA, NI UN ALEJANDRO MÁS. No podemos tolerar que se expulse de nuestros barrios, pueblos y ciudades, arrancándoles su vida, a quienes viven en extrema pobreza.